viernes, 31 de julio de 2009

Baldío y zanjón, un solo corazón (1D)

Baldío y zanjón son dos “accidentes geográficos” urbanos que despiertan más rechazo que simpatía.
Los terrenos baldíos, esos donde nadie ha decidido construir aún, son lugares inofensivos por naturaleza propia. Es el mal uso de la gente lo que les confiere su mala fama. Depósito de basura, lugar de resguardo de delincuentes, etc., han desdibujado su pasividad convirtiéndolos en lugares desagradables con los cuales convivir.
Los zanjones, son protagonistas de nuestro ancestral sistema de riego, parte fundamental de la vida vegetal y animal de esta desértica región del país. Pero también es un resumidero de mugre urbana, paso de aguas dudosas y foco de infección.

Nací y me crié con un baldío al fondo de mi casa y un zanjón a escasos 50 metros. Es por eso que para mí representan otra cosa. Eran lugares inusuales donde se podían desplegar juegos, actividades creativas y esconderse de la mirada vigilante de los mayores.
El baldío que se encontraba en la vereda oeste de la calle 9 de julio, a escasos 20 metros de Avenida Mosconi, era recurrentemente refugio de nuestras andanzas. Y me expreso en primera persona del plural, porque durante todas esas tropelías estaba escoltado por el grupete de niños del barrio con el cual compartía mis horas de juego, ocio y amistad.
Las actividades que desarrollábamos allí eran diversas, porque la configuración del entorno también cambiaba. En algunos momentos era un espeso matorral de yuyos, en otro un gredal liviano y etéreo, en otros depósito de escombros furtivos, en otros lugar de guarda de desguaces municipales.
Pero para nosotros siempre era un buen lugar para jugar.
En muchas ocasiones tuvimos que trabajar arduamente para conseguir que se transformara en una digna canchita de futbol. Había que despejar y quemar yuyos, emparejar el piso, colocar palos como arcos, marcar líneas y encalarlas. Es más, en una oportunidad estuvimos varios días haciendo un pozo porque teníamos el sueño de que el equipo “apareciera desde el túnel”.
Muchas tardes trajinamos esa cancha jugando a la pelota, ya fuera entre nosotros o invitando a otros equipos del vecindario. También alguna vez salimos y vimos salir corriendo a algunos “jugadores” que habían participado de alguna riña deportiva.
Como es de suponer, en ese predio no había ni la más mínima mancha verde. Nunca había crecido un poco de pasto y nuestro uso impedía que la naturaleza actuara aún de forma errónea en ese sentido.
El piso era de tierra pura, pero empeorado por una acumulación arcillosa que formaba un polvillo permanente de muy fácil elevación. Producto de los desagües pluviales de las casas adyacentes, la greda que cubría el piso formaba densas polvaredas en cuanto comenzábamos a correr. Pero eso no era lo peor.
El intenso juego físico que desplegábamos nos hacía transpirar bastante y es fácil imaginarse la combinación que hacía nuestra ropa húmeda, el polvo arcilloso flotando y algún que otro revolcón propio del juego. Nuestras madres aún lo recuerdan con fastidio.
Hubo una época que el eterno arquero de nuestro equipo, RR, quiso despegarse del karma que lo unía a los tres palos. RR era arquero no por ser el peor o por ser el “gordito”. No. En este caso era el arquero porque era muy bueno atajando. Así de simple.
Entonces yo intenté tomar la posta y me arriesgué a someterme al paredón que significa ser arquero. No solo mi intento fue un fracaso, sino que además dejé mucha de mi ropa en condiciones lastimosas, lo que me valió más de un reto materno.
Pero les aseguro que era divertido.

martes, 28 de julio de 2009

Con la música a otra parte (2D)

Alguna vez conté como el rock fue abriendo los surcos en mí alma, donde luego se depositaría la semilla del amor a la música en general.
Después de escuchar furtivamente las “cosas raras” que tenía mi hermano en su discoteca, comencé a sentir la necesidad de tener “mis cosas raras”. Y así comenzó la presión hacia mis padres que eran por entonces la única fuente económica a la cual podía recurrir.
Los discos no abundaban en casa, por lo que hacer algunas incorporaciones no parecía una cosa descabellada. Fue entonces que sucumbí ante la tentación proveniente de la publicidad masiva.
Allá por 1976 salió a la venta un Long Play de vinilo doble de “Flecha Juventud”. Creo que había un programa de radio que auspiciaba esa marca de zapatillas como elemento promocional y que conducía Badía (pero era en una radio de Buenos Aires). También de esa época son los “Música en Libertad”, “Alta Tensión”, “Sótano Beat” y el místico “Modart en la noche”.
La publicidad me tentó y a partir de allí fui haciendo presión hasta conseguir que me compraran el disco como premio a “la libreta” del 7mo. grado que había salido bastante bien.
Ese fue mi primer disco. Propio, elegido por mí y a mi total disposición.
Ese disco traía algunos temas interesantes entre una maraña de música que si bien no eran de mi total agrado, tampoco podía decir que eran descartables. Pero había un grupo de canciones en la primera parte del Disco 1 que me cautivaron y que fueron un indicador de lo que sería el perfil de mi gusto musical durante muchos años.


El disco empezaba con “Deja que conozca el mundo de hoy” de Litto Nebbia que enganchaba con “La princesa dorada” de Ramses VII (Tanguito). A esas dos hermosas canciones le seguía “Plegaria para un niño dormido” de Almendra, una balada que siempre me llenó de emoción. La cosa se ponía un poco más densa con “Exento de dios” de Crucis y “Mi Gabriel” de Ricardo Soulé. Y esa pequeña suite, que era mi preferida, se cerraba con “Le daré su mano a dios” de Alma y Vida.
Después seguían una serie de canciones en inglés y allí empecé a notar que prefería escuchar música que además “me dijera algo”. No creo que a los 12 años pudiera discernir en profundidad lo bueno de lo malo, pero si empezaba a notar lo que me gustaba de lo que no.
Pero sin duda el paso trascendente hacia el rock lo di al año siguiente, en 1977 cuando estaba cursando el primer año de la secundaria en el Liceo Agrícola. Era una situación típica y muy común de ver a distintos adolescentes intercambiando discos. Era muy raro que tanto en la hora de entrada como en la de salida no se vieran chicos con discos entre sus carpetas y libros. Y el tamaño hacía que se vieran.
Un día, una compañera le estaba devolviendo un disco a otra y yo como buen curioso, me metí en la conversación preguntando de qué disco se trataba. Era el disco 1 de “Adiós Sui Generis”.
Era el Génesis de una historia de amor (por la música).

sábado, 18 de julio de 2009

Al final, viajé (2D)

Como comentaba antes, la desesperación por el diagnóstico no me dejó escuchar que también pidió el médico que se me hiciera una radiografía. No eran comunes ni las tomografías, ni las ecografías ni mucho menos las resonancias magnéticas. Creo que esa tecnología no estaba al alcance del común de la gente como ahora.
Fue una noche perra la que pasé, descartando que el viaje había terminado para mí.
Al otro día, el dolor no había cedido mucho y no podía enderezar la pierna. Mi mamá me llevó al centro de radiología y rengueando fui para que me hicieran la placa.
Una vez que pudimos llevar todo el material a un médico traumatólogo, el diagnóstico cambió bastante y la cosa pasó a ser una distención de ligamentos cruzados externos. No era una lesión menor, pero la recuperación sería más rápida y descartó de plano la cirugía.
Otros aires empezaron a correr y la esperanza comenzaba a renacer.
La cosa es que en cuanto pude comenzar a caminar bastante normalmente, empecé a hacer rehabilitación. Recuerdo que el Instituto donde me hacían las sesiones era por calle Rivadavia, frente a la Plaza Independencia.
Tenía que hacer 15 sesiones de fisioterapia y masajes y fui a cada una de ellas sin faltar y sin llegar tarde un minuto. Nada importaba más que la recuperación de la lesión, ya que ese era el pasaporte al viaje.
No quiero dejar pasar en este recuerdo, la actitud de mi entrenador y de mi viejo, ya que cada uno desde su lugar, hicieron un esfuerzo para que yo viajara.
En los días que yo trataba de mejorar mi condición física, se realizó en el Club la primera de las reuniones de padres para organizar el viaje. La logística de este tipo de cosas no es una tarea sencilla. En esa reunión, me contó después mi papá, mi entrenador había expuesto mi situación ante todo el grupo y dejó en claro que él consideraba que a pesar de que mi lesión me impidiera jugar, yo era una parte importante del grupo por lo que debía viajar. Todos los padres estuvieron de acuerdo.
Esa actitud de mi entorno me llenó de emoción y me sentí con una satisfacción enorme de saber cómo me consideraban.
Por otro lado, mis viejos sabían que el tema requeriría un esfuerzo económico importante, pero desde un primer momento decidieron que yo viajaría con el grupo. Ese esfuerzo siempre lo reconocí y valoré.
Mientras tanto, yo seguía mis sesiones. Pero ya en la cuarta o quinta, sentía que mi rodilla volvía a la normalidad y con un alto grado de irresponsabilidad, comencé a asistir a los entrenamientos del equipo. El entrenador no estaba muy de acuerdo y me advirtió que si sufría una recaída, sería imposible que jugara en San Jorge.
Las ganas de jugar eran tantas, que decidí asumir el riesgo y empezar a trabajar.
La rodilla fue respondiendo bien de a poco, ya que hasta que terminé todo el tratamiento fisioterapéutico, hice un entrenamiento diferenciado, con un aumento gradual de la carga de trabajo y comenzando a hacer básquet solo en la etapa final de la preparación.
Mis compañeros me alentaron todo el tiempo, me cuidaron y siempre consideraron que mi lugar en el equipo sería respetado.
Todos en mayor o menor medida hicieron posible que el día que teníamos que partir yo estaba recuperado casi totalmente y ya jugando nuevamente.
Es una lástima que uno deba llegar a esos momentos tristes para poder apreciar cuanto hay en su entorno y como éste lo contiene.
Yo pude disfrutarlo y siempre lo agradecí.

martes, 14 de julio de 2009

A solo un menisco del viaje (2D)

Hoy mi mujer está en Paraná participando de un evento deportivo. Y un viaje de esas características es una experiencia inolvidable, sobre todo para aquellos que no tuvimos una vida deportiva muy larga ni exitosa. Además, en la década
del ´70 esa no era una práctica muy común.
Jugando al básquet para el club General San Martín fui ganando amigos, algunas virtudes para los deportes de equipo y un entorno sano para mi crecimiento.
Corría 1977 y estaba jugando en la categoría Cadetes Menores (categoría que ya no existe) cuando después de un partido que no recuerdo con exactitud cual fue, nuestro entrenador (EC), nos dio la noticia: había llegado una invitación de un Club de Santa Fe para hacer un intercambio deportivo.
La algarabía fue general, no lo podíamos creer y todos empezamos a saltar de alegría. Nunca pensamos que existía esa posibilidad y el solo hecho de imaginarlo, ya nos ponía como locos.
Así comenzaron las definiciones, las noticias más precisas: se trataba del Club Atlético San Jorge, que estaba en una ciudad chiquita del centro-este de la Provincia de Santa Fe y que tenían una infraestructura grande y muy ordenada. También nos enteramos que estaban haciendo un muy buen campeonato ese año y que de ir, lo haríamos tres categorías: Minibasquet, Cadetes Menores y Cadetas (mujeres).
En cada entrenamiento, en cada partido y en cada reunión extradeportiva, el tema excluyente era el viaje.
En ese contexto alegre, un nubarrón intentó aguarme la fiesta. Estábamos jugando un sábado en la tarde en la cancha del Club contra Godoy Cruz, cuando salí corriendo en contragolpe después de una buena defensa por parte de mi equipo. Apenas hice los primeros pasos, sentí una puntada rara en la rodilla derecha.
Si bien no le hice mucho caso y seguí jugando, el dolor comenzaba a ser más y más fuerte. Así llegamos a los últimos minutos del partido y cómo íbamos ganando, el DT decidió sacarme y mandarme a descansar.
Ahí empezó lo peor. Al empezar a enfriarse la pierna, el dolor se fue acrecentando y la rodilla a inmovilizárseme.
Es fácil entender que a medida que la rodilla se endurecía, mi desesperación iba en aumento proporcionalmente. No podía creer que eso me estuviera pasando a mí, justo antes del viaje a San Jorge.
Pude llegar a casa y me tuve que meter en cama porque la rodilla me dolía en cualquier posición que la pusiera. Y en la cama la situación no era mucho mejor.
La preocupación de mis viejos se tradujo en la llamada urgente al servicio médico que nos correspondía por nuestra Obra Social, para que mandara un médico a diagnosticar lo que pasaba en mi rodilla.
Pasaron un par de horas hasta que llegara el médico y el dolor y la tristeza me iban invadiendo y desesperando.
El doctor que llegó para revisarme era un tipo grandote, morochón, con pelo rizado entrecano, con cara de muy pocos amigos. Le contamos que era lo que había pasado durante el partido y como me sentía en ese momento.
La revisión fue leve y el diagnóstico definitivo: rotura de meniscos. El tratamiento lógico: OPERACIÓN. Yo rompí inmediatamente en llanto y no escuché que también solicitó una radiografía.
Ya nada importaba, me tenía que despedir del viaje a San Jorge … (continúa).

viernes, 10 de julio de 2009

Iniciación rock casera (1D)

No puedo negar que la música constituyó siempre una expresión muy cercana a mí y que en su entorno viví momentos muy lindos.
Como comenté en la nota anterior, el talento no me nutrió de muchas dotes musicales, pero sí de las mínimas como para poder entrometerme en el tema.
Como tantas otras actividades en las que incursioné, no tenía antecedentes familiares que crearan un medio ideal para que así fuera. Ni mis padres ni familiares cercanos tenían inclinaciones musicales, así que todo se fue dando solo por la casualidad o por esos extraños móviles internos que nos llevan a hacer cosas inusuales.
Los recuerdos familiares/musicales más antiguos pueden resumirse en tres hitos puntuales.
Cuando muy chico, en casa había un viejo (entonces) tocadiscos que solo andaba a 78 rpm y que no tenía sistema de amplificación propio. Por eso había que hacer una serie de extrañas conexiones para poder usar el sistema de la radio (otro viejo aparato) para poder corporizar el sonido. Esto lo hacía muy poco práctico y así las “sesiones de audición” se limitaban a unas pocas en meses.
En conjunto con ese aparato habían en casa unos pocos discos de pasta (nada de vinilo aún) de música clásica, algo de zarzuela y un par de tangos. Nada demasiado interesante.
También había una serie de raros discos simples de colores de música infantil. Ese era el material al cual me dejaban acceder sin restricciones.
Recuerdo a “Mambrú se fue a la guerra”, “El pirata Barba Roja”, y algo de “Tatín” (un personaje devenido de una marioneta manejada por un ventrílocuo, tipo “Chirolita”). Nada que fuera demasiado atractivo, pero era lo único que había.
El segundo hecho musical que se produjo en casa que marcara un hito importante, es cuando mi mamá decidió, contra la oposición de mi viejo, comprar el primer tocadiscos “moderno”. Se trataba de un aparato marca “Rexon”, que tenía tres posibilidades de velocidad: 33, 45 y 78 rpm. Además tenía un pivote central y un brazo que permitía la reproducción “automática” de varios de discos. Ya tenía incorporado el sistema de amplificación, lo cual hacía muy práctico su uso; y además salida para sumar parlantes externos.


El aparato apareció una tarde en casa, sin previo aviso y venía acompañado del disco “Sandro de América”, donde el Gitano desmarañaba las canciones top de la época. No era aleatorio que ese disco viniera en el mismo combo del tocadiscos, porque mi vieja era una admiradora incondicional de Sandro.


El último acontecimiento tuvo que ver con la misma línea de evolución tecnológica y con mi hermano.
Cuando cumplió sus 18 años, mis viejos le compraron un “Centro Musical” donde tenía bandeja giradiscos, radio y (creo) pasacassettes. Por supuesto la calidad del sonido y el volumen al que podía escucharse superaba ampliamente todo lo que había pasado por casa.
Como es de suponer su uso era absolutamente vedado para mí, pero por suerte mi hermano se ausentaba durante mucho tiempo de casa y eso me permitía apoderarme de la magia musical de entonces.
Junto a ese aparato que iba mejorando progresivamente la calidad con la que escuchaba música, empezaron a aparecer cosas realmente extrañas que fueron forjando mis futuros gustos musicales.
Entre los artistas que grababan aquellos discos “raros” que a los 10/11 años empecé a escuchar recuerdo a Lito Nebbia, Jetro Tull, Tom Fogerty, La Creedence Clearwater Revival y alguno más que no recuerdo. Realmente no sé si me gustaban, pero si lo escuchaba mi hermano que era 7 años más grande que yo, por algo sería.


Así el rock comenzó a metérseme en las venas.

martes, 7 de julio de 2009

Cero en talento, 10 en alegría.

El domingo se volvió a vivir una finalización de campeonato de AFA. Esta vez fue Velez Sarfield el que gritó “¡ Campeón !” y a pesar de no compartir el sentimiento futbolero con los muchachos de Liniers, sigue siendo un hecho especial en la vida de “la patria futbolera”.
Para los que alguna vez hicimos un deporte, sabemos todo lo que significa ganar un campeonato. Cualquiera sea, de cualquier categoría, de cualquier disciplina, de cualquier magnitud. Cuando uno compite, quiere ganar. Y cuando uno es el número uno, poco importa el primero de qué.
Nunca tuve la suerte de jugar al futbol en un equipo campeón. Realmente tuve muy pocas oportunidades de jugar en un equipo. O tuve pocas oportunidades de jugar. O pocas oportunidades.
Pero en el barrio, en la escuela y en el club; el futbol era una actividad casi obligatoria para los chicos.
Y en los alrededores de la Plaza Irigoyen (Ciudad, Mendoza) todos teníamos una ilusión: jugar en el equipo del “Junior”.
Nunca supe el verdadero nombre de “el Junior”, pero era un muchacho del barrio que se dedicó a organizar actividades futbolísticas en la zona, que luego se recibió de Profesor de Educación Física y no hace mucho supe de su excelente trabajo en las inferiores del Club Godoy Cruz Antonio Tomba, indudable referente del futbol mendocino en la actualidad.
“El Junior” tenía claros objetivos competitivos. No sumaba a sus equipos pibes porque sí. Solo lo hacía si veía en ese purrete un potencial buen jugador.
Por eso, cuando los ojos de Junior se posaban sobre uno, era un certificado de futuro, una señal positiva para aquel que quería jugar al futbol en serio. De la misma manera, cuando bajaba el dedo, eso te condenaba al fulbito de barrio, a un porvenir de cabotaje.
Yo comentaba con mis viejos hace unos días, que fui dotado por la naturaleza por una amplia cantidad de “talentos básicos”. Esto me permitió (y me permite) poder desarrollar muchas actividades deportivas, artísticas e intelectuales con buen nivel. Pero así como la gama es amplia en extensión, es muy poco profunda. O sea, a la hora de “pasar de nivel” cuando el requerimiento es mayor, empiezo a hacer agua.
En el futbol me pasó lo mismo.
Jugué muchos años, entre los pibes nunca quedaba al final cuando los equipos se armaban a partir de la elección de un par de “buenos”. Fui capitán del equipo de 5to. Grado en las escuela, participé de un sinnúmero de torneos pequeños, armé equipos, usé el futbol como actividad aglutinante en los entornos laborales.
Pero a la hora de jugar con un poco más de nivel, empezaban los problemas.
Y como es de imaginar, “el Junior” nunca me convocó.
Posiblemente me haya dolido en algún momento no poder seguir jugando con mis compañeros y amigos y perder la oportunidad de compartir esos momentos con ellos. Y también debo haber pensado que se trataba de una injusticia, lo cual sería muy natural.
Lo cierto es que eso fue también un “empujoncito” para inclinarme por el basquetbol, donde la situación no difirió mucho, pero donde tuve la oportunidad de vivir los mejores momentos de mi vida juvenil y deportiva.
No hay mal que por bien no venga.

viernes, 3 de julio de 2009

Con mi viejo en trole (1D)

Ayer subí a uno de los trole nuevos (¿nuevos?) que circulan por la Ciudad de Mendoza y me llamó la atención la expresión de una nena de unos 7 años que subió con su mamá.
- ¡ Qué raro este micro, nunca subí a uno así !
Y por supuesto hizo lo que hace cualquier niño: sentarse en el asiento que se respalda sobre la ventanilla. En realidad eso es lo verdaderamente raro que tiene el trole en relación al colectivo.
Recordé que cuando yo era niño los troles de esa época también tenían ese tipo de asiento. Ibas sentado de costado al sentido de marcha, en unos asientos tapizados de verde. Y por supuesto eran los favoritos sin ninguna duda.


Pero en mi caso no era un transporte comúnmente usado para los traslados normales al centro, los que constituían el 90 % de mis desplazamientos en transporte público. Por eso constituía parte de toda una situación que configura un recuerdo muy lindo.
Cuando usábamos el trole, era porque iba a acompañar a mi papá a cobrar. Era una salida poco común y muy entretenida.
Mi viejo trabajaba en el Ferrocarril General Belgrano y durante una época su sueldo se lo pagaban en el “Coche Pagador”. Era un vagón que recorría las líneas ferroviarias, llevando los sueldos del personal a las distintas localidades. En el caso de mi papá, le tocaba cobrar en la Estación del Estado, que todavía está ubicada en la esquina de las calles Godoy Cruz y Mitre de San José, Guaymallén.
Por eso cuando mi viejo me decía: - ¿ Querés ir conmigo mañana a cobrar ?, era toda una fiesta.
Salíamos los dos solos, después que mi mamá arreglaba todos los detalles para que saliera arreglado/limpio/peinado/abrigado/etc., típica preocupación de madre. Nos íbamos hasta el centro y ahí, frente a la plaza San Martín por calle Gutiérrez, tomábamos el trole.
Su andar medio lento, el ruido tan diferente a los motores de explosión de los colectivos y el raro zumbido al andar, transformaban al trole en una máquina rara y muy entretenida para andar.
El viaje, como a todo niño, me parecía larguísimo, era todo “un viaje”.
Cuando llegábamos, nos metíamos en la estación y hacíamos la cola correspondiente, que nunca era demasiado larga. Papá subía a una pequeña plataforma que lo ponía a la altura de la ventanilla desde la cual un señor le pagaba. Y creo que la persona que hacía esa tarea era siempre la misma, porque recuerdo que siempre se entablaba un pequeño pero animado diálogo entre ellos, más allá del saludo formal.
Después de eso, algunas veces nos cruzábamos a la placita que está enfrente de la estación y ahí jugaba un rato en sus juegos infantiles.
Mi viejo controlaba, participaba poco, pero se notaba feliz y contento.
¿ Qué épocas, no ? Nunca lo vi a mi padre paranoico por tener todo su sueldo en el bolsillo y estar sentado en una plaza. Ni lo vi esconder el dinero en lugares poco accesibles de su ropa. Hoy eso sería casi suicida.
El viaje de vuelta era tan lindo como el de ida y muchas veces, “ligaba” algún pequeño obsequio, una golosina o algún juguete.
Y lo mejor es que que hoy andar en trole, todavía me trae esas reminiscencias.


martes, 30 de junio de 2009

Votar,no. Basurear, sí. (2D)

Pasaron las elecciones legislativas y como siempre hay alegres triunfadores y tristes perdedores. Pero creo que el ejercicio democrático nos irá transformando en mejores votantes con el tiempo.
El domingo concurrí a votar en compañía de mi padre, a la misma escuela donde hice toda mi primaria , donde me reencontré con gente que hacía mucho no veía.
Y eso moviliza los sentimientos y los recuerdos.
Pero en esa oportunidad quería compartir el recuerdo de mi primera votación.
Ya comenté como viví las de 1973, aunque siendo un niño de apenas 9 años. Pero en las primeras elecciones que debía haber votado, fue en las de 1983, cuando el retorno a la democracia después de la última dictadura militar.


Ya había cumplido los 18 años, tenía mi documento, pero había un pequeño problema: estaba bajo bandera.
Después de la traumática experiencia de seguir palmo a palmo el sorteo (comentado en otra entrada), el 25 de febrero de 1983 fui incorporado al Servicio Militar Obligatorio. Ese día, en un micro atestado de muchachones igual a mí, a los saltos, corridas y gritos; me llevaron hasta el Regimiento de Infantería de Montaña 11 “General Las Heras”, que tiene asiento en la localidad cordillerana de Tupungato.
Después de mil peripecias (que serán contadas a su debido tiempo), llegó el día 30 de octubre de 1983, día en que se producían las primeras elecciones después de muchos años en que las urnas estuvieron bien guardadas.
En las dependencias militares el ánimo no era el mejor, ya que sabían que se terminaba una época de bonanza para el sector. Y encima debían cumplir con el deber cívico de custodiar las elecciones, como se hiciera históricamente.
Así, desde varios días antes, comenzaron los preparativos. Yo estaba en el sector de Camiones, así que nos tocó preparar los vehículos que trasladarían a los soldados y que harían la logística dentro del Valle de Uco. Pero por otro lado había movimientos similares en toda la guarnición, ya que había que preparar al personal, su vestimenta, sus armas, etc.
Todo era de furioso movimiento en esos días.
Yo había accedido para ese entonces a un “cargo” dentro de la escala militar. Había sido designado “Dragoneante”, escalón más bajo de la jerarquía militar, pero el más alto al que se podía acceder siendo soldado.
Eso me confería algunas responsabilidades y funciones.
Pero cuando llegó el día de la designación de la gente que tendría a cargo el operativo, fui sorprendido con mi objetivo. Yo, el Dragoneante, el Cabo en Reserva Efectiva, el Fourriel del sector Movilidades, sería confinado tristemente al “Camioncito de la Basura”.
Sí, durante ese día me tocó manejar un pequeño Unimog (no recuerdo bien el modelo) con el cual recorrí dos veces el Regimiento entero y los Barrios de Suboficiales y Oficiales, recogiendo la basura junto con dos “milicos” que me dejaron a cargo.
Así transcurrí tristemente las horas históricas del 30/10/83. Así la Patria me premiaba por mi buen comportamiento y desempeño en el cumplimiento de mi Servicio Militar Obligatorio. Así pasaron indiferentes en mi vida, esas horas trascendentes de la historia de la Argentina.
Después mis compañeros me comentaban que el enorme plantón de horas y horas sin hacer nada no había sido una experiencia envidiable. Es más, algunos hubieran preferido ocupar mi lugar.
Solo a mí me molestaba la relación de “andar cargando basura” con las “horas gloriosas del triunfo de la Democracia”.

viernes, 26 de junio de 2009

Yo lo esperé a "El Tío" (1D).

Este domingo volvemos a votar y a pesar de todos los inconvenientes que nos presenta la democracia, es un buen ejercicio esto de elegir nuestros dirigentes. Ya aprenderemos.
Pero el recuerdo me traslada a las elecciones de 1973, las que fueran ganadas por Héctor “El Tío” Cámpora como preludio del regreso de Perón a la Argentina, después del exilio al que confinara a “El General” la Revolución Libertadora de 1955.
Cámpora visitó Mendoza en gira de campaña antes de esas elecciones. Y como cuando llegaba alguna figura reconocida a esta Provincia, repetíamos el ritual cholulo.



Las personalidades llegaban en avión a Mendoza, al aeropuerto El Plumerillo. El camino más directo y fácil en ese entonces para llegar al centro de la Ciudad era recorrer de norte a sur la Avenida General San Martín. Y en la intersección de esta Avenida con el Zanjón de Los Ciruelos, nosotros desplegábamos lo mejor de nuestra peor “tilinguería”.
Desde un par de horas antes a la llegada del famoso, comenzaba a reunirse gente en las veredas. Señoras, chicas, y muchos niños nos concentrábamos para compartir el ritual de “ver pasar” a la figura en cuestión. Y puedo asegurar que el tiempo que duraba esta espera era mucho.
Sandro, Palito Ortega y Don Héctor Cámpora fueron algunas de las personalidades que vi pasar raudamente por la esquina cercana a casa y donde, con mis amigos, compartimos la espera y la ansiedad.
Si bien esta gente no representaba mucho para mí o para mis amigos, el tema era participar de este evento barrial/social donde se congregaba un sinnúmero de personajes de los alrededores.
Por supuesto, en general no se veía nada. Por un lado la cantidad de gente y por otro la rapidez con que los autos que transportaban a los personajes pasaban delante nuestro, hacían casi imposible poder ver algo. Y seguro a todos les pasaba más o menos esto, pero siempre aparecían los que daban detalles de vestimenta, peinados o actitudes de los ídolos, vistos es esas centésimas de segundo.
Y el culto era compartido. Recuerdo que siempre había alguien con una radio a transistores pegada a la oreja que iba manteniendo actualizadas las coordenadas por donde circulaban las figuras en su camino hacia nosotros.
- Ya aterrizó el avión.
- El auto está saliendo del aeropuerto.
- Ya está sobre calle San Martín.
Recuerdo que para la llegada de Cámpora, yo conseguí un lugar de privilegio en la copa de una de las moreras que había frente al terreno baldío que se encontraba a sobre la vereda oeste de calle San Martín, a escasos 30 metros al sur de la intersección con Mosconi. La copa dejaba justo una buena zona libre hacia la calle, lo cual permitiría una excelente visibilidad a la hora de la pasada.
El tema es que el arribo de “El Tío” se demoró más de dos horas. Y yo estoicamente estuve sentado en la rama como un pajarraco todo el tiempo necesario para poder verlo pasar.
Y pasó. Tan raudamente que no quedan registros en mi memoria de la imagen del caudillo peronista saludando a la masa que vitoreaba su nombre a la vera del camino.
Eran épocas de retorno a la democracia. Y eso era bueno.

martes, 23 de junio de 2009

Sacala de la troya ! (1D)

Cuando se trataba de buscar medios para divertirse, nunca faltaron opciones. No puedo decir que me faltaron juegos y juguetes para divertirme y compartir con mis amigos de turno. Pero por suerte esa situación no eclipsó la eterna creatividad infantil para crear medios.
Hubo una época (creo que entre mis 9 y 10 años) en los que jugábamos en la calle al tejo. Este juego simple de destreza nos requería solo un espacio semiplano donde pudiéramos dibujar un círculo (la troya), un tarro chico (tipo leche x 800 g), unas piedras planas y de forma lo más circular posible que sirvieran de tejo y algún elemento de cambio que sirviera para establecer quién era el que ganaba.


No sé bien de quien fue la iniciativa, pero el elemento de cambio generalizado para este y otros juegos similares, en nuestro grupo fueron las etiquetas de cigarrillo.
Estamos hablando del papel impreso del paquete de cigarrillos común, el cual era abierto con sumo cuidado hasta dejarlo abierto como una pequeña hoja. Esta cuidadosa operación muchas veces se hacía con agua para evitar que la etiqueta se rompiera al despegar sus pliegues y luego se sometían al secado correspondiente. Así se obtenía una “marquilla” en condiciones de ser incorporada al juego.
La forma de tener más etiquetas se reducía entonces a dos opciones: ganarlas jugando al tejo; o consiguiéndolas entre los fumadores. Y como éstos eran acotados en el barrio, entonces salíamos a hacer excursiones de búsqueda por los alrededores.
Programábamos las salidas y nos íbamos en grupos de 4 o 5 chicos a recorrer las calles del barrio, sus veredas, sus acequias, sus jardines, sus paradas de colectivo; buscando incesantemente los paquetes de cigarrillos que habían sido desechados.
Esto hacía que anduviéramos cuadras y cuadras caminando, pasando tardes enteras en expediciones de búsqueda.
Así íbamos encontrando etiquetas de marcas como Jockey Club, L&M, Kent, Imparciales, Particulares, Fontanares, 43/70, Le Mans. Y nos poníamos como locos cuando encontrábamos alguna de Virginia Slim, Benson & Hedges, Camel, Lucky Strike o Dunhill. Por supuesto que nunca faltaba el que conseguía “las difíciles” o tenía amigos o parientes que traían de afuera algunos cigarrillos como Gitanes, Marlboro o Parisiennes.
Así, después de mucho caminar y de proceder cuidadosamente para dejar cada etiqueta derechita y como nueva, teníamos material para jugar y divertirnos horas enteras.
El juego entonces consistía en marcar una “troya” en el suelo (círculo de unos 40/50 cm de diámetro), colocar en el medio el tarro con las etiquetas encima, marcar una línea de lanzamiento a unos 5/7 metros y estaba todo listo para jugar. La cantidad de etiquetas variaba, pero en general poníamos unas 5 cada uno de los jugadores.
El objetivo era lanzar el tejo sin sobrepasar la línea, pegarle al tarro y hacer volar la mayor cantidad de etiquetas posibles fuera de la troya. Esas etiquetas quedaban en poder del afortunado tirador.
Así de simple y fácil. Así de barato en su concepción. Así compartíamos mucho tiempo entre amigos. Así fuimos unos pibes felices.