viernes, 3 de julio de 2009

Con mi viejo en trole (1D)

Ayer subí a uno de los trole nuevos (¿nuevos?) que circulan por la Ciudad de Mendoza y me llamó la atención la expresión de una nena de unos 7 años que subió con su mamá.
- ¡ Qué raro este micro, nunca subí a uno así !
Y por supuesto hizo lo que hace cualquier niño: sentarse en el asiento que se respalda sobre la ventanilla. En realidad eso es lo verdaderamente raro que tiene el trole en relación al colectivo.
Recordé que cuando yo era niño los troles de esa época también tenían ese tipo de asiento. Ibas sentado de costado al sentido de marcha, en unos asientos tapizados de verde. Y por supuesto eran los favoritos sin ninguna duda.


Pero en mi caso no era un transporte comúnmente usado para los traslados normales al centro, los que constituían el 90 % de mis desplazamientos en transporte público. Por eso constituía parte de toda una situación que configura un recuerdo muy lindo.
Cuando usábamos el trole, era porque iba a acompañar a mi papá a cobrar. Era una salida poco común y muy entretenida.
Mi viejo trabajaba en el Ferrocarril General Belgrano y durante una época su sueldo se lo pagaban en el “Coche Pagador”. Era un vagón que recorría las líneas ferroviarias, llevando los sueldos del personal a las distintas localidades. En el caso de mi papá, le tocaba cobrar en la Estación del Estado, que todavía está ubicada en la esquina de las calles Godoy Cruz y Mitre de San José, Guaymallén.
Por eso cuando mi viejo me decía: - ¿ Querés ir conmigo mañana a cobrar ?, era toda una fiesta.
Salíamos los dos solos, después que mi mamá arreglaba todos los detalles para que saliera arreglado/limpio/peinado/abrigado/etc., típica preocupación de madre. Nos íbamos hasta el centro y ahí, frente a la plaza San Martín por calle Gutiérrez, tomábamos el trole.
Su andar medio lento, el ruido tan diferente a los motores de explosión de los colectivos y el raro zumbido al andar, transformaban al trole en una máquina rara y muy entretenida para andar.
El viaje, como a todo niño, me parecía larguísimo, era todo “un viaje”.
Cuando llegábamos, nos metíamos en la estación y hacíamos la cola correspondiente, que nunca era demasiado larga. Papá subía a una pequeña plataforma que lo ponía a la altura de la ventanilla desde la cual un señor le pagaba. Y creo que la persona que hacía esa tarea era siempre la misma, porque recuerdo que siempre se entablaba un pequeño pero animado diálogo entre ellos, más allá del saludo formal.
Después de eso, algunas veces nos cruzábamos a la placita que está enfrente de la estación y ahí jugaba un rato en sus juegos infantiles.
Mi viejo controlaba, participaba poco, pero se notaba feliz y contento.
¿ Qué épocas, no ? Nunca lo vi a mi padre paranoico por tener todo su sueldo en el bolsillo y estar sentado en una plaza. Ni lo vi esconder el dinero en lugares poco accesibles de su ropa. Hoy eso sería casi suicida.
El viaje de vuelta era tan lindo como el de ida y muchas veces, “ligaba” algún pequeño obsequio, una golosina o algún juguete.
Y lo mejor es que que hoy andar en trole, todavía me trae esas reminiscencias.


martes, 30 de junio de 2009

Votar,no. Basurear, sí. (2D)

Pasaron las elecciones legislativas y como siempre hay alegres triunfadores y tristes perdedores. Pero creo que el ejercicio democrático nos irá transformando en mejores votantes con el tiempo.
El domingo concurrí a votar en compañía de mi padre, a la misma escuela donde hice toda mi primaria , donde me reencontré con gente que hacía mucho no veía.
Y eso moviliza los sentimientos y los recuerdos.
Pero en esa oportunidad quería compartir el recuerdo de mi primera votación.
Ya comenté como viví las de 1973, aunque siendo un niño de apenas 9 años. Pero en las primeras elecciones que debía haber votado, fue en las de 1983, cuando el retorno a la democracia después de la última dictadura militar.


Ya había cumplido los 18 años, tenía mi documento, pero había un pequeño problema: estaba bajo bandera.
Después de la traumática experiencia de seguir palmo a palmo el sorteo (comentado en otra entrada), el 25 de febrero de 1983 fui incorporado al Servicio Militar Obligatorio. Ese día, en un micro atestado de muchachones igual a mí, a los saltos, corridas y gritos; me llevaron hasta el Regimiento de Infantería de Montaña 11 “General Las Heras”, que tiene asiento en la localidad cordillerana de Tupungato.
Después de mil peripecias (que serán contadas a su debido tiempo), llegó el día 30 de octubre de 1983, día en que se producían las primeras elecciones después de muchos años en que las urnas estuvieron bien guardadas.
En las dependencias militares el ánimo no era el mejor, ya que sabían que se terminaba una época de bonanza para el sector. Y encima debían cumplir con el deber cívico de custodiar las elecciones, como se hiciera históricamente.
Así, desde varios días antes, comenzaron los preparativos. Yo estaba en el sector de Camiones, así que nos tocó preparar los vehículos que trasladarían a los soldados y que harían la logística dentro del Valle de Uco. Pero por otro lado había movimientos similares en toda la guarnición, ya que había que preparar al personal, su vestimenta, sus armas, etc.
Todo era de furioso movimiento en esos días.
Yo había accedido para ese entonces a un “cargo” dentro de la escala militar. Había sido designado “Dragoneante”, escalón más bajo de la jerarquía militar, pero el más alto al que se podía acceder siendo soldado.
Eso me confería algunas responsabilidades y funciones.
Pero cuando llegó el día de la designación de la gente que tendría a cargo el operativo, fui sorprendido con mi objetivo. Yo, el Dragoneante, el Cabo en Reserva Efectiva, el Fourriel del sector Movilidades, sería confinado tristemente al “Camioncito de la Basura”.
Sí, durante ese día me tocó manejar un pequeño Unimog (no recuerdo bien el modelo) con el cual recorrí dos veces el Regimiento entero y los Barrios de Suboficiales y Oficiales, recogiendo la basura junto con dos “milicos” que me dejaron a cargo.
Así transcurrí tristemente las horas históricas del 30/10/83. Así la Patria me premiaba por mi buen comportamiento y desempeño en el cumplimiento de mi Servicio Militar Obligatorio. Así pasaron indiferentes en mi vida, esas horas trascendentes de la historia de la Argentina.
Después mis compañeros me comentaban que el enorme plantón de horas y horas sin hacer nada no había sido una experiencia envidiable. Es más, algunos hubieran preferido ocupar mi lugar.
Solo a mí me molestaba la relación de “andar cargando basura” con las “horas gloriosas del triunfo de la Democracia”.

viernes, 26 de junio de 2009

Yo lo esperé a "El Tío" (1D).

Este domingo volvemos a votar y a pesar de todos los inconvenientes que nos presenta la democracia, es un buen ejercicio esto de elegir nuestros dirigentes. Ya aprenderemos.
Pero el recuerdo me traslada a las elecciones de 1973, las que fueran ganadas por Héctor “El Tío” Cámpora como preludio del regreso de Perón a la Argentina, después del exilio al que confinara a “El General” la Revolución Libertadora de 1955.
Cámpora visitó Mendoza en gira de campaña antes de esas elecciones. Y como cuando llegaba alguna figura reconocida a esta Provincia, repetíamos el ritual cholulo.



Las personalidades llegaban en avión a Mendoza, al aeropuerto El Plumerillo. El camino más directo y fácil en ese entonces para llegar al centro de la Ciudad era recorrer de norte a sur la Avenida General San Martín. Y en la intersección de esta Avenida con el Zanjón de Los Ciruelos, nosotros desplegábamos lo mejor de nuestra peor “tilinguería”.
Desde un par de horas antes a la llegada del famoso, comenzaba a reunirse gente en las veredas. Señoras, chicas, y muchos niños nos concentrábamos para compartir el ritual de “ver pasar” a la figura en cuestión. Y puedo asegurar que el tiempo que duraba esta espera era mucho.
Sandro, Palito Ortega y Don Héctor Cámpora fueron algunas de las personalidades que vi pasar raudamente por la esquina cercana a casa y donde, con mis amigos, compartimos la espera y la ansiedad.
Si bien esta gente no representaba mucho para mí o para mis amigos, el tema era participar de este evento barrial/social donde se congregaba un sinnúmero de personajes de los alrededores.
Por supuesto, en general no se veía nada. Por un lado la cantidad de gente y por otro la rapidez con que los autos que transportaban a los personajes pasaban delante nuestro, hacían casi imposible poder ver algo. Y seguro a todos les pasaba más o menos esto, pero siempre aparecían los que daban detalles de vestimenta, peinados o actitudes de los ídolos, vistos es esas centésimas de segundo.
Y el culto era compartido. Recuerdo que siempre había alguien con una radio a transistores pegada a la oreja que iba manteniendo actualizadas las coordenadas por donde circulaban las figuras en su camino hacia nosotros.
- Ya aterrizó el avión.
- El auto está saliendo del aeropuerto.
- Ya está sobre calle San Martín.
Recuerdo que para la llegada de Cámpora, yo conseguí un lugar de privilegio en la copa de una de las moreras que había frente al terreno baldío que se encontraba a sobre la vereda oeste de calle San Martín, a escasos 30 metros al sur de la intersección con Mosconi. La copa dejaba justo una buena zona libre hacia la calle, lo cual permitiría una excelente visibilidad a la hora de la pasada.
El tema es que el arribo de “El Tío” se demoró más de dos horas. Y yo estoicamente estuve sentado en la rama como un pajarraco todo el tiempo necesario para poder verlo pasar.
Y pasó. Tan raudamente que no quedan registros en mi memoria de la imagen del caudillo peronista saludando a la masa que vitoreaba su nombre a la vera del camino.
Eran épocas de retorno a la democracia. Y eso era bueno.

martes, 23 de junio de 2009

Sacala de la troya ! (1D)

Cuando se trataba de buscar medios para divertirse, nunca faltaron opciones. No puedo decir que me faltaron juegos y juguetes para divertirme y compartir con mis amigos de turno. Pero por suerte esa situación no eclipsó la eterna creatividad infantil para crear medios.
Hubo una época (creo que entre mis 9 y 10 años) en los que jugábamos en la calle al tejo. Este juego simple de destreza nos requería solo un espacio semiplano donde pudiéramos dibujar un círculo (la troya), un tarro chico (tipo leche x 800 g), unas piedras planas y de forma lo más circular posible que sirvieran de tejo y algún elemento de cambio que sirviera para establecer quién era el que ganaba.


No sé bien de quien fue la iniciativa, pero el elemento de cambio generalizado para este y otros juegos similares, en nuestro grupo fueron las etiquetas de cigarrillo.
Estamos hablando del papel impreso del paquete de cigarrillos común, el cual era abierto con sumo cuidado hasta dejarlo abierto como una pequeña hoja. Esta cuidadosa operación muchas veces se hacía con agua para evitar que la etiqueta se rompiera al despegar sus pliegues y luego se sometían al secado correspondiente. Así se obtenía una “marquilla” en condiciones de ser incorporada al juego.
La forma de tener más etiquetas se reducía entonces a dos opciones: ganarlas jugando al tejo; o consiguiéndolas entre los fumadores. Y como éstos eran acotados en el barrio, entonces salíamos a hacer excursiones de búsqueda por los alrededores.
Programábamos las salidas y nos íbamos en grupos de 4 o 5 chicos a recorrer las calles del barrio, sus veredas, sus acequias, sus jardines, sus paradas de colectivo; buscando incesantemente los paquetes de cigarrillos que habían sido desechados.
Esto hacía que anduviéramos cuadras y cuadras caminando, pasando tardes enteras en expediciones de búsqueda.
Así íbamos encontrando etiquetas de marcas como Jockey Club, L&M, Kent, Imparciales, Particulares, Fontanares, 43/70, Le Mans. Y nos poníamos como locos cuando encontrábamos alguna de Virginia Slim, Benson & Hedges, Camel, Lucky Strike o Dunhill. Por supuesto que nunca faltaba el que conseguía “las difíciles” o tenía amigos o parientes que traían de afuera algunos cigarrillos como Gitanes, Marlboro o Parisiennes.
Así, después de mucho caminar y de proceder cuidadosamente para dejar cada etiqueta derechita y como nueva, teníamos material para jugar y divertirnos horas enteras.
El juego entonces consistía en marcar una “troya” en el suelo (círculo de unos 40/50 cm de diámetro), colocar en el medio el tarro con las etiquetas encima, marcar una línea de lanzamiento a unos 5/7 metros y estaba todo listo para jugar. La cantidad de etiquetas variaba, pero en general poníamos unas 5 cada uno de los jugadores.
El objetivo era lanzar el tejo sin sobrepasar la línea, pegarle al tarro y hacer volar la mayor cantidad de etiquetas posibles fuera de la troya. Esas etiquetas quedaban en poder del afortunado tirador.
Así de simple y fácil. Así de barato en su concepción. Así compartíamos mucho tiempo entre amigos. Así fuimos unos pibes felices.

viernes, 19 de junio de 2009

Una canasta de pepinos (1D)

Las madres tienen características para el himno y el monumento, pero hay momentos en que uno no puede entender la facilidad que demuestran para meter la pata.
Una tarde mientras jugábamos a la pelota en el barrio, se acercaron por allá un par de muchachos que nos preguntaron si queríamos jugar en el “equipo de la unidad básica” en los Campeonatos Evita. Debe haber corrido el 1973/74 y la posibilidad de poder participar en un evento organizado y oficial, era toda una tentación.




Ante nuestra respuesta obviamente positiva, pasamos a la parte en que teníamos que convencer a los viejos de que nos dejaran participar y que nos firmaran las autorizaciones correspondientes.
Debo reconocer que hice gala de mi persuasión y pude conseguir el permiso para participar. También hay que decir, que mi viejo había participado de este tipo de eventos deportivos allá en su Italia natal y sabía que para muchos, como él, era la única manera de poder acceder a esta posibilidad.
Después de algunos entrenamientos en la plaza del barrio y en la “canchita de la Muni” (un descampado de tierra absoluta, sin una sola champa de pasto y con un par de arcos improvisados con rollizos de madera), quedaron conformados los dos equipos que representarían a la Unidad Básica en el Campeonato Evita.
Es fácil imaginar el grado de excitación y ansiedad que tenía mientras la hora del partido llegaba.
Un indicador al cual no presté mucha atención en ese momento, fue que quedé en el equipo donde estaban los más chicos y los que jugábamos peorcito. Hoy podría ser visto como un claro mensaje para quedarse en la casa y seguir trajinando la callecita de tierra pateando una pelota de goma. Pero en ese momento, uno solo pensaba en jugar.
Así llegó el día del partido y por primera vez pisé una cancha de futbol “en serio”. Ese domingo a las 10 de la mañana, hicimos el ingreso a la cancha del Club Gimnasia y Esgrima que está en el Parque General San Martín, para participar del acto de inauguración.
Era hermoso ver la cancha llena de chicos y pensar que en solo un ratito íbamos a ser protagonistas de un partido “de once” en una “cancha de verdad”.
Fueron dos partidos (el torneo era por doble eliminación) que me tuvieron de protagonista. Los resultados de los mismos hablan por las claras sobre nuestra actuación: 0-5 y 0-10. Esto me exime del triste análisis sobre nuestra participación deportiva.
Pero lo peor no había pasado.
Cuando llegué a casa el segundo domingo, después de haber sufrido 10 lacerantes gritos de gol de los rivales, después de haber quedado eliminado del Torneo y después de haberse roto la primera ilusión deportiva; fui recibido por mi mamá.
Cuando me preguntó con su candidez materna:
- … y cómo les fue ?
No tuve más remedio que contestarle:
- … perdimos 10 a 0.
Y ella con esa ingenuidad y desaprensión que la caracteriza lanzó la frase que hasta hoy es un recuerdo “Top Ten” de las historias infantiles familiares.
- Ah, les llenaron la canasta de pepinos !
El dolor y la amargura de entonces, que me llevaron a llorar un largo rato y a conmover a mi papá para que me viniera a consolar, hoy es una risueña anécdota que lejos de marcar traumáticamente mi destino (hoy cualquier psicólogo haría mucha plata en sesiones con esto), nos une en cada vez que lo rememoramos en una risa común que nos amalgama en la alegría.
No siempre lo malo es tan malo.

martes, 16 de junio de 2009

A cortar redes, chiquilín ! (1D)

La semana pasada tuve la suerte de presenciar como mi viejo Club de básquet volvía a salir campeón. San Martín le ganó la final a Atenas en una serie muy interesante.
Mientras veía a los jugadores festejar, volvía a sentir sobre la piel los colores de esa camiseta que fue la única que usé durante mi corta, pero intensa carrera deportiva activa.
Tuve la suerte de poder practicar un deporte. Y el destino me premió eligiendo el basquetbol para mí.


Debo agradecer a dos personas que lo hicieron técnicamente posible: por un lado a mi papá que autorizó la idea y además la financió. Y por otro lado a mi hermano que fue quien alimentó la idea, convenció a los viejos e hizo los contactos para que pudiera la cosa llegara a buen término.
El tenía un compañero en el Liceo (NS) que era jugador de Primera en el Club San Martín por aquellos años. A él le pidió que hablara con el Profe de Minibasquet para que me aceptara en el grupo.
Todo salió bien y allá por el 1975 me incorporé a los entrenamientos del Minibasquet de San Martín a las órdenes del Profe Fernández, un histórico entrenador de divisiones inferiores del Club.
Me acuerdo que fui a entrenar vestido con el mismo concepto escolar: impecable ropa blanca. Remera de algodón, pantalón corto, medias y zapatillas, blancos todos, ya que conformaban el uniforme de Educación Física escolar. Por entonces era condición sine qua non esa vestimenta y además era la única ropa de uso deportivo que tenía.
Las zapatillas eran unas eternas Flecha bajas blancas de lona, tipo de zapatilla que ya me venía acompañando desde hacía unos años para Gimnasia.
Pero al comenzar a exigirlas un poco en cuanto al uso de su suela (correr, frenar, cambiar de dirección), demostraron rápidamente que no era el calzado ideal.
Es fácil imaginar que fue todo un trámite hacerle entender a mis viejos que las zapatillas no me estaban dando el servicio necesario para comenzar a hacer un deporte un poco más en serio. Pero al final pudieron entender que la actividad requería una mejor calidad.
Así fuimos al centro con mi mamá y comenzó una investigación por las casas de deporte, ya que ninguno de los dos tenía experiencia en ese tipo de compra, y la publicidad no era tan agresiva y completa como lo es hoy.
Llegamos hasta Casa Bermúdez, una casa de deportes tradicional de Mendoza, propiedad de Don Paco Bermúdez, quien fuera uno de los maestros de boxeo que formara la “escuela mendocina” del box, entrenando a figuras de la talla de Nicolino Locche, Hugo Pastor Corro, “Cirujano” Ortiz y “Aconcagua” Ahumada entre otros.
Fue en Casa Bermúdez donde me calcé por primera vez unas zapatillas de básquet “en serio”. Eran unas botas Adidas de cuero blancas con las clásicas tres tiras negras. No eran livianas y el pase de las zapatilla baja a la alta no le fue sencillo a mis tobillos.
Pero fue muy lindo volver a casa con la caja grande donde venían las zapatillas que durante un par de años fueron mis fieles compañeras transitando muchas canchas, dobles, alegrías y emociones.
El deporte fue, sin dudas, una enorme usina de buenos momentos para mí.

viernes, 12 de junio de 2009

Es oficial ... Este es mi "Primer Recuerdo". (1D)

Embalado en este juego de recordar, me vino a la mente una pregunta: ¿Cuál es mi primer recuerdo? En un principio busqué y busqué en mi memoria, pero poco encontraba sobre mi primera infancia. Después creo que me resigné y voy a dejar esa preocupación para profesionales de las ciencias psicológicas.
Yo por lo pronto me voy a quedar con la imagen y el recuerdo que considero el más antiguo y a él lo voy a entronizar como mi “primer recuerdo”. El resto lo dejaremos para quién tenga que solucionar el problema, cuando esto se transforme realmente en un problema.
Yo hice el Jardín de Infantes, o el kínder (apócope surgida de la locución germana kindergerden) como le llamábamos entonces, en las Scuola Italiana XXI Aprile, cuando esa dependencia de la Escuela funcionaba en el edificio que posee el establecimiento en la calle Espejo al 600 (entre Chile y 25 de mayo) de la Ciudad de Mendoza.


Recuerdo que en ese entonces, a pesar de trabajar en la Casa de Gobierno, mi mamá era la encargada de llevarme todos los días. Como no teníamos coche, nuestro traslado natural a cualquier lado era por medio del colectivo (ómnibus).
Para llegar a la Escuela, teníamos que cruzar caminando la plaza Independencia, nuestra Plaza Mayor. Por entonces sus pisos estaban recubiertos por unos baldosones de dos tipos diferentes: unos solo de cemento y otros de pequeñas piedras de canto rodado cementadas a una base de igual tamaño que la anterior. Estos baldosones estaban colocados de manera irregular, lo que permitía imaginar distintos caminos, si uno decidía caminar sólo por un tipo de baldosón.
Así, el entretenimiento que día a día me ocupaba cuando me dirigía a la escuela de la mano de mi mamá, era el de tratar de cruzar toda la plaza pisando solo un tipo de baldosón. Era un desafío divertido y siempre cambiante que exigía de atención y saga. Posiblemente esto sea lo que produjo que se marcara tan claramente en mi memoria.
Después solo hice en la Scuola Italiana el Jardín y el primer grado. No sé a partir de cuándo, mi transporte comenzó a ser por medio de un Transporte Escolar, dado que mi madre debía seguir haciéndole frente a su responsabilidad laboral.
Pero a esas imágenes que guardo desde la perspectiva de primera persona, habría que agregarle a un morochito, de impecable guardapolvo cuadrillé, de pantalones cortitos y piernas flacas, de zapatones “GomiCuer” negros lustradísimos y una simpática canastita de mimbre en la mano donde el vaso plástico, la servilleta, la merienda de turno y la jabonera sonaban y se revolvían a cada salto. Así el cuadro sería más completo.
Como decía al principio, puesto a recordar, queda oficialmente designado como “Mi Primer Recuerdo”, mi divertido camino diario al kínder.
Y cual es tu primer recuerdo ? ...

martes, 9 de junio de 2009

406 ... 607 (2D).

- Número de documento … 406.
- Número de sorteo … 607.
Fue terrible, lapidario, demoledor.
Pocos jóvenes de 18 años no abrigaban la esperanza de que el sorteo lo beneficiara con un número tan bajo, que lo salvara de hacer el Servicio Militar Obligatorio. Yo era de los que rogaban por acceder a ese beneficio.


Pero la suerte, una vez más, no fue muy benévola conmigo.
Hace unos días, tuve que darle mi número de documento a una amiga y al repetir las últimas tres cifras, por esos mecanismos inexplicables de la memoria, recordé el momento en que por radio escuché el terrible número. 406 … 607.
Convengamos en establecer, que el contexto de la clase 1964 no era el mejor. La Argentina estaba en guerra con Inglaterra en Malvinas en ese 1982, año en que se realizó el sorteo. Las perspectivas no podían ser peores.
Yo estaba cursando el sexto año en el Liceo y ese día teníamos programado un examen de Enología. Y el sorteo era usualmente transmitido por la Red de Radiodifusoras del Estado.
En esa situación, fui al Colegio munido de una radio a transistores de un tamaño considerable, muy lejano a lo que hoy ha producido la tecnología en ese sentido. Estaba dispuesto a escuchar el sorteo, fuera cual fuera la decisión de mis profesores.
Creo que la desesperación que pudieron ver en mi rostro les produjo cierta compasión y me dejaron seguir con mi ocupación, a pesar del desarrollo normal de la clase.
Tenía anotados los números de documentos de varios compañeros y yo era el vocero oficial de la designación de números del sorteo. Fui el portador de buenas noticias para algunos y malas para otros. Incluso en alguna oportunidad me crucé hasta la otra división de sexto año a notificar a algún compañero.
406 … 607.
Los números que tocaban, determinaban no solo quien hacía o no el Servicio Militar, sino también dentro de que fuerza lo haría. Los rangos, aproximadamente eran: 800/900, Marina; 600/700, Ejército; 400/500 Aeronáutica. Y en ese mismo orden iba aminorando el peso de la desgracia: Marina era la muerte, Aeronáutica un mal menor. Pero por debajo del 400 las posibilidades de salvación crecían enormemente. Ese era el objetivo.
Por cumplir años en el mes de enero, no tuve que pedir prórroga ni hacer ningún trámite. Solo restaba esperar.
La profesora CB me preguntó si iba a rendir el examen, pero ante mi negativa y la consternación que transmitían mis palabras, prefirió no entrar en disputa.
406 … 607.
Como decía Queen, fue un “certero ataque al corazón”.
La tristeza, la desolación, el desconsuelo, la bronca, el odio; son sentimientos que pueden convivir en una persona, en un mismo momento. Lo puedo asegurar desde la experiencia personal.
La mueca fue elocuente, la desazón evidente. La profesora se me acercó y en un gesto que hoy valoro mucho a la distancia, me dijo que no me hiciera problema por el examen, que me lo tomaba en la próxima clase. Ella intentó alivianar el peso que mantuvo por un buen rato mi espalda arqueada y mi mirada clavada en el suelo. Nunca se lo agradecí como debía.
Después las cosas fueron volviendo a la normalidad, pero siempre quedó esa opresión rondando mi cabeza, hasta el fatídico 25 de febrero de 1983, en que me incorporé a la colimba.
El resto es otra historia.

viernes, 5 de junio de 2009

Cuando pase el temblor, Soda. (2D)

A principio de semana tuvimos un temblor de esos que asustan y que remueven con sus estremecimientos la memoria de los que llevamos varias experiencias de este tipo.
Es un clásico mendocino esto de contar nuestras anécdotas relativas a los distintos temblores. Porque oponernos a nuestro legado cultural.
Primero es una suerte que podamos contarlas, eso es un claro indicador de que sobrevivimos. Y segundo, los terremotos, son “hitos sismológicos” en la vida de quienes vivimos en estos lugares movedizos del mundo. Muchos hablamos de “eso fue antes del terremoto del ´85 …”, como una manera de referenciar temporalmente.
Otra “postal típica mendocina” es el de las vecinas que salen rápido a la calle cuando tiembla y se quedan allí un rato comentando lo sucedido, tratando de dejar pasar la momentánea y repentina claustrofobia que les agarra cuando se mueve el suelo.
Yo tengo tres de esos hitos en el historial: el terremoto de 1971 en Chile, que se sintió muy fuerte en Mendoza; el de 1977 en Caucete (San Juan), que fue mi primer gran temblor; y el de 1985, nuestro, autóctono de Mendoza.
El miércoles 23 de noviembre de 1977 a las 6 y 25 de la mañana, la cosa se puso brava y San Juan fue sacudido por un terremoto de grado 9 en la escala Mercalli, con epicentro en Caucete.
Yo todavía estaba durmiendo y con perspectivas de seguir haciéndolo, ya que técnicamente las clases habían terminado para mí. El Liceo Agrícola tenía una modalidad muy motivadora, que hacía que sus alumnos empezaran las clases siempre una semana antes que el resto de los colegios secundarios, pero que premiaba a aquellos que tenían todas sus materias aprobadas y al día con un mes de noviembre muy liviano y sin obligaciones de asistencia.
Yo era en ese momento uno de los beneficiados por ese régimen y por eso ya hacía varias mañanas que podía dormir hasta tarde, con la tranquilidad del deber escolar cumplido.
Mi mamá estaba alistándose para ir a su trabajo y mi papá ya se había ido al suyo.
Fue entonces cuando la tierra vibró.
Mi habitación tenía una ventana que daba al patio y mi cama estaba justo debajo de ella. Y para amortiguar el calor de las noches de verano mendocinas, esa ventana estaba abierta de par en par.
En esas circunstancias, todo pasa rapidísimo.
Escuché los gritos de mi mamá, comencé a despertarme, sentí el enorme movimiento de mi cama, salté por la ventana en un movimiento automático, casi felino y en un abrir y cerrar de ojos estaba en el medio del patio de casa, junto a mi mamá que sollozaba y rezaba, viendo como todo se movía de manera sobrenatural.
Todo pasa muy rápido, son solo segundos. Pero el momento parece eterno, que nunca termina de moverse. Y los ruidos y los gritos de los vecinos, poco ayudan para tratar de retomar la calma.
Pasó y volvió la calma. Pero el corazón sigue galopando un buen rato más.
Entonces, parado en el medio del patio, con solo mi pijama de verano (o sea, en calzoncillos), al lado de mi madre llorando y ante la magnificencia de la naturaleza cuando muestra su poder, me sentí inmensamente pequeño y más desnudo que nunca.
Después los cometarios, las anécdotas y la decisión de mi grupo de amigos del barrio de no dormir esa noche, previendo las inevitables réplicas de tal temblor.
Cuando estábamos tratando de mantenernos despiertos cerca de las dos de la mañana, decidimos que era inútil la vigilia y cada uno partió hacia su casa. No fue una noche fácil, porque el suelo siguió moviéndose en una seguidilla interminable de pequeños temblores.
Pero el sueño pudo más y durmiendo, la calma fue volviendo y nuestras vidas recuperaron lentamente su habitualidad.

lunes, 1 de junio de 2009

Capitales engrasadas (2D)

En el último viaje que hice en auto a Buenos Aires, pasé varios kilómetros escuchando un viejo disco (ahora en CD) que fue incluido en la selección final de música que nos acompañaría los 2.200 kilómetros que nos esperaban por delante.
El Vol. III de ADIÓS SUI GENERIS me llenó de sonidos, de canciones y de recuerdos. Escuché temas que no tenía identificados como de esa época, el caso de “Bubulina” y “Seminare”, que los tenía más asociados a “García y la máquina de hacer pájaros” y a “Serú Giran”.
Justamente al volver a mi memoria Serú, recordé el hecho de haber sido “La grasa de las capitales” el primer disco en serio que tuve.
Después de un raid que en algún momento comentaré, me hice un seguidor asiduo de la Revista “Pelo”. Esta revista, que había sido editada y dirigida por Ripoll desde 1970, era un material excelente para un adolescente ávido de conocer sobre esa extraña música que había venido a llenar de magia largas horas al lado del tocadiscos.
En el último número de 1979, en la encuesta de “Los mejores del año”, aparecía “La grasa…” como el mejor disco del año de Rock Nacional.


Eso, y la proximidad con la Navidad, hicieron que pensara en el disco como regalo de “Papá Noel” para mí.
Mi mamá al principio se negó a considerar al disco como una alternativa válida de regalo, porque ella prefería disfrazar de regalo las compras que indefectible debería hacer, como ropa, zapatillas, etc. Pero luego, vencida por la insistencia adolescente, accedió a comprarlo.
“La grasa…” incluía temas impresionantes que luego se transformarían en himnos del rock y en temas referenciales de una época. “La grasa de las capitales”, “Viernes 3 A.M.”, “Noche de perros”, “San Francisco y el lobo” y el increíble “Perro andaluz”, son temas que con el tiempo se quedaron instalados como íconos del movimiento rockero nacional.
Esa Navidad fue realmente diferente. Si bien la previa fue similar a la de todos los años (hablamos de menú especial, arreglo esmerado de la mesa, pan dulce, garrapiñadas, etc.) mis expectativas estaban puestas en tener a disposición definitivamente mi disco.
Yo había hecho la compra, en la vieja “Casa Galli” de calle San Martín, pero familiarmente cumplíamos los ritos y había que esperar a las 12 para abrir los regalos.
Después de los brindis entre nosotros tres (mi papá, mi mamá y yo), de salir a saludar a los vecinos del pasaje, de tirar unos cuantos petardos con los amigos del barrio, llegó la hora de escuchar mi disco.
En un par de horas, después que los acordes de “Los sobrevivientes” sonaran por cuarta vez, mis viejos decidieron irse a dormir. Saludos especiales y la pregunta de mi madre:
- ¿Vos te quedás? (clásico de las madres).
Después de eso, me quedé solo, tarde, acompañado por una media botella de sidra sobrante del brindis familiar y una media copa de clericó; escuchando casi en éxtasis la música de esos cuatro monstruos y tratando de seguir las letras de cada canción, que comenzaban a decirme cosas que nunca había escuchado.
Creo que en algún momento me dormí, porque también recuerdo el típico sonido de la púa rebotando contra el último surco interminable del vinilo.
Solo, tranquilo y trasnochado; apagué el tocadiscos, arreglé las últimas cosas que había usado y me fui a dormir.
Esa fue mi primera Navidad “de grande”.